Microrrelato: «Adiós, mundo cruel»

En la mesa del salón, un cenicero lleno de colillas bien apuradas, el poso violeta en el fondo de una copa de vino (cómo no, medio vacía) y folios apilados de literatura burocrática de diversos autores: orden de desahucio, carta admonitoria del banco, última advertencia previa al corte de luz… Una obra póstuma, firmada por nuestro hombre, destacaba sobre las demás, y su cuerpo rosado, recogido sobre el sofá, legaba a los agentes la única sonrisa que había lucido en todo su declive.

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