¿Hay alguna palabra que contenga las cinco vocales?

Una vez, en mis tiempos imberbes, me dijeron en clase que existía una única palabra castellana que contenía las cinco vocales: murciélago. “Qué curioso”, pensé. Sin embargo, cuatro años después, me hallaba postrado bajo un eucalipto superlativo, convaleciente tras descubrirme los médicos anticuerpos de una molesta enfermedad, cuando divisé lo que creí un animal antediluviano, que resultó ser, a la postre, el mismo al que se refirió aquel maestro en su sorpresivo enunciado, que yo ahora me dispongo a cuestionar. Tratábase, en efecto, de un auténtico murciégalo, que así prefería denominarse por permitírselo el diccionario, aunque yo podía llamarlo Aurelio.

No destacaba por su corpulencia, pues estaba más bien escuálido. “Flaco soy desde el alumbramiento de mi madre”, explicó. “Creo que he salido a mi bisabuelo”. Empezó a relatarme su historia con entusiasmo y mi admiración hacia él se fue tornando inconmensurable. Sin embargo, su afán por referirme de modo exhaustivo todos sus avatares lo hizo caer en la extenuación, así que aprovechó para darse un baño reparador en un riachuelo cercano. “El agua está fría. Sécate bien al salir si no quieres pillar una neumonía”, le advertí. Pero, viendo que pasaban las horas y de allí no salía, me sobrevino el aburrimiento y emprendí la vuelta a casa algo desorientado, pero con paso firme, como consumado excursionista que era. La estupefacción del animal al haberlo abandonado y la herida a su autoestima no despertaron su rencor y emprendió un vuelo unidireccional, surcando el viento como un ultraligero y siguiendo las huellas que dejé en mi aparente deambulación.

Cuando me dio alcance, me preguntó si no me había estimulado su discurso. Pensando que no podría librarme de la perturbación de esa rata ventrílocua con alas –vean hasta dónde llegaba mi incongruencia–, tuve la ocurrencia de verla frente a un pelotón de fusilamiento o víctima de otras penas capitales, tales como un acuchillamiento, un estrangulamiento o un descuartizamiento. De pronto, dejó caer un cuadernillo lleno de documentación sobre mi cabeza y se alejó a gran velocidad, no sin antes lanzarme un escupitajo por mi falta de educación al no detener mi caminata ni volverme mientras me hablaba. Por fin me detuve y abrí la encuadernación. Contenía una amplia y concienzuda enumeración de palabras que se escribían con las cinco vocales:

ecumenización ecualización acuartelamiento elucubración acuífero alucinógeno cuadrilátero manutención indumentario surrealismo contundencia opulencia comunicante abultamiento especulativo especulación numerología superación degustación depuración funerario protuberancia meditabundo resolutiva volumetría patituerto venusiano lengüilargo zarrapiento grandilocuente embaucamiento anunciamiento anudamiento desnudamiento adecuación tumefacción turiferario tuberosidad unipersonal ugrofinesa ultracorrección ultravioleta unidimensional uranometría urticáceo autenticación refundación encauzamiento cauterización numeración regulación opulencia

No podía imaginarme que la lista de estas peculiares palabras fuese tan extensa. Pero yo, siempre tan descuidado, no me percaté hasta más tarde de que continuaba en la página siguiente, así que seguí curioseando, lleno de euforia:

tertuliano desahucio enturbiador comunicable neurálgico regularización humectativo aceituno aceitunero contextualizar contertulia ajusticiamiento eyaculación muestrario puericultora enjuiciamiento simultáneo secundario vituperación punzamiento supersónica permutación escorbútica sudorífera autocine centrifugado descubridora estimulosa aburguesamiento inconmutable cuartelillo cruzamiento ofuscamiento cuestación celulósica recaudación abundamiento acaudillamiento acumulamiento adulteración aeroportuario agropecuario agudizamiento audiometría audímetro audiofrecuencia aurífero autoadhesivo autodeterminación autogestión autorregulación automodelismo autoservicio autosuficiencia buzamiento alucinamiento encumbramiento exhumación turbamiento lustramiento arrumbamiento fustigamiento

Me disponía a pasar de página cuando oí los gritos de mi impetuosa madre conminándome a levantarme de la cama, pues llegaba tarde al colegio. Cincuentona y neurótica, ya no le bajaba la menstruación, por obra y gracia de la menopausia. Solía estar de muy mala leche tanto en casa como en el metro, donde ganaba una mísera remuneración como supervisora, con paupérrimos incentivos por sanciones impuestas. Y pensar que en otros tiempos fue mucho más estudiosa de lo que yo lo era… Sus incesantes chillidos me arrancaron del aturdimiento y fui hasta la cocina, donde me bebí un vaso de una leche meticulosamente sometida al preceptivo proceso de pasteurización. Allí estaba mi padre, un hombre tranquilo cuya condición de pluriempleado en el ayuntamiento y en una turronería no ayudaba a aliviar su agudo reumatismo. No pude hablar con él debido al acuciamiento de mi madre, que me advirtió de que iba a perder el autobús interurbano y no quería que mi reputación se resintiera por duodécima vez en lo que iba de curso.

Así pues, llegué por los pelos al autocar, que aquella mañana conducía un ecuatoriano que miraba incesantemente la instrumentación, concretamente el cuentarrevoluciones, quién sabe si porque el motor iba algo pasado de vueltas. La autosugestión me impulsó a rogarle que condujera con precaución, cuidando tanto el propulsor como los neumáticos. No obstante, todos llegamos sanos y salvos al centro escolar, tras enfilar una escultórica calle del casco antiguo de Orihuela. Siempre había considerado ese edificio como una modalidad de cruel enclaustramiento. Ya en clase, el profesor de Matemáticas nos hizo resolver una ecuación y medir una hipotenusa; la de Religión, la madre superiora del convento contiguo al colegio, explicó a la concurrencia el luteranismo, la concupiscencia, los sacramentos eucarístico y de la extremaunción y el pecado de adulterio; el de Ciencias Naturales trató el funcionamiento del sistema reproductor y la fecundación del óvulo, y el de Lengua, por su parte, nos habló con elocuencia de los aumentativos y planteó un interrogante un tanto peliagudo: “¿Alguien recuerda cuál es la única palabra que contiene las cinco vocales?”.

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