Podemos destituir a alguien, pero no «cesarlo»

Las modas son devastadoras riadas que se lo llevan todo por delante, incluida la corrección lingüística. Uno de los mayores ejemplos de esta afirmación lo constituye el uso –o, más bien, abuso– que se le da al verbo cesar, especialmente en una época de crisis económica mundial como esta. Los mayores afectados de este empleo incorrecto son los verbos a los que cesar ha venido a sustituir: destituir y echar.

A continuación podemos ver un uso adecuado del verbo cesar: La lluvia ha cesado. No olvidemos, sin embargo, que nosotros no podemos cesar a la lluvia, sino que cesa por sí sola. Un vicepresidente ejecutivo puede cesar en su cargo o actividad, pero nadie tiene potestad para cesarlo, ni siquiera el presidente. Este podrá, en todo caso, echarlo o destituirlo; o, lo que es lo mismo, hacerlo cesar o forzar su cese. Tomemos nota, por lo tanto: las cosas –o las personas– cesan de hacer algo o de desempeñar una determinada tarea, llegado el momento, pero nunca son cesadas.

 

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